lunes, 31 de julio de 2017

Doble riesgo: La valentía tiene cara de mujer


Como ya saben me gusta hacer reseñas de películas. Ya sea que las encuentre por casualidad o que por una búsqueda a consciencia me tope con una joya o cuestione alguna ya vista y conocida pero esta vez bajo la mirada feminista. Créanme, es un placer increíble tomar conciencia de lo que se ve. Volverse exigente con el cine que se consume presumiblemente por placer, que puede volverse un espacio de reflexión.

Esta vez ofrezco una crítica a una película llamada doble riesgo. La que puede ser vista bajo las bondades del criterio de género y el test de Bechdel que es muy útil como ya referí en otras oportunidades. Doble riesgo, puede pasar este test por las virtudes que muy pocas veces nos muestran otras películas de este tipo, las que se pueden creer inclusivas sólo por tener a una mujer de protagonista. La trama gira sobre la desgracia que le ocurre a Liby, una joven esposa que es acusada de asesinar a su marido y es encarcelada. Lo conflictivo aquí, es que Liby es inocente: Su marido ha planeado su propia muerte para cobrar su seguro de vida. Aunque Liby diga la verdad nadie le cree porque la sociedad patriarcal minimiza el discurso femenino, sobre todo cuando se es presuntamente peligrosa: una asesina, una mala mujer que mata al buenazo de su marido. Inconcebible. Lo honesto hubiese sido que soportara todo, como esposa ejemplar. Pero no, Liby se portó mal y debe ser encarcelada cuanto antes.

Para ella, lo más duro de estar en prisión y ser inocente es que también ha perdido a su hijo. Su marido ha escapado con el dinero y el niño. Debe cumplir una condena porque una apelación sería inútil. Nadie duda de la maldad de una mujer asesina. Sobre todo cuando el marido es un prominente miembro de la comunidad. En prisión, otras convictas con el mismo crimen le aconsejan que cumpla su condena, mantenga una buena conducta y al salir lleve a cabo su venganza: Según la ley, no se puede condenar a alguien dos veces por el mismo crimen, es decir: ya que su marido legalmente está muerto, puede matarlo y nadie podrá impedirlo. Esta nueva información alimenta la fe de Liby, quien está dispuesta a recuperar a su hijo y su propia vida.



Aquí ya podemos sopesar la película según el test de Bechdel (que como ya he dicho, si bien no es una herramienta rígida, es una guía muy prudente para olfatear micromachismos en el cine). El primer aspecto es una protagonista muy definida, sin los estereotipos de la damisela en apuros, Liby vence cada obstáculo gracias a su inteligencia y tenacidad, lo que nos lleva al segundo aspecto, que valida y salva al primero: La sororidad de las compañeras de cárcel, que le aconsejan que sea fuerte mientras esté en prisión y no pierda de vista su objetivo. Ya que al faltar otra protagonista, mostrar la solidaridad entre mujeres que viven circunstancias parecidas fomenta el apoyo femenino. El tercer aspecto dice que el argumento no debe centrarse en los hombres. Liby quiere vengarse de su esposo por ser quien ocasionó esta desgracia en su vida. A pesar de ello, me parece que la trama resalta el crecimiento personal de la protagonista. Se redescubre fortalecida y llena de esperanzas, está decidida a encontrar a su hijo y en el trayecto sorprende incluso al oficial a cargo de vigilar que cumpla su libertad condicional, pero ella no debe esperar más tiempo, fue paciente durante su condena ahora debe actuar rápido. Su marido ha asesinado esta vez a una segunda mujer y ha cobrado su seguro, ahora es una venganza doblemente justificada: es un misógino que debe pagar.

Y la ley está de su lado: No se puede asesinar dos veces a la misma persona. El final cumple con lo que conocemos como justicia poética, debe triunfar la verdad. El oficial de libertad condicional descubre que Liby dice la verdad y decide ayudarla en esta última etapa de atrapar al maldito. Ambos lo acorralan en su oficina y Liby debe matarlo antes de que él se salga con la suya. Al final, consigue el perdón total del Estado y se reencuentra con su hijo, la última prueba que debe cruzar para constatar su propio valor.

Una buena propuesta de cine. Tiene la virtud de entretener, una protagonista muy versátil que nos sorprende a cada paso. Una evolución muy interesante y una trama poco usual en comparación al cine burdo que nos tiene malacostumbrados Hollywood. Un filme donde la valentía tiene cara de mujer.


martes, 6 de junio de 2017

Las ángeles de Charlie son hijas del patriarcado


Las que fueron las heroínas de muchas de nosotras no pasan el test de Bechdel y me doy cuenta ahora.

Recuerdo que era una puberta cuando vi a las ángeles de Charlie. No tenía conciencia del poder de mi cuerpo, apenas entendía la menstruación y a partir de ahí, la presión de volverse apetecible para los hombres cobraba un eco angustioso y duro. No fue difícil que me sedujeran un elenco de mujeres visualmente guapas. Y cómo no. El concepto de espía sexy es uno de los más explotados y bien usados por el patriarcado de Hollywood. En pleno auge de las películas de acción de los dos mil, un remake de la serie setentera no vino nada mal.

Las ángeles encarnan como la mayoría de películas gringas, el erotismo norteamericano de la rubia sexi, aunque Lucy Liu tenga rasgos asiáticos, en ese caso, parece que la intención era darle un toque cosmopolita al elenco, lo que no afecta el objetivo implícito del rodaje: El mandato de erotizarte, volverte una chica sexy a toda cosa, con el fin único de gustarle a los hombres, porque el discurso es hetero. Nos guste o no. Y lo vemos en cada escena donde las ángeles tienen que usar su capacidad de seducción, sin importar si se cosifica, el objetivo es cumplir una misión.

Pero ¿Por qué no pasa el test de Bechdel? Primero, no es un filme que de verdad aborde el empoderamiento femenino. Es lo que nos venden, poniendo chicas preciosas usando armas, trajes ajustadísimos, a veces disfraces eróticos, porque el plan es el de siempre, embobar a los hombres para salir a flote de los peligros. Eso es lo que más se enfatiza, porque si lo recuerdan, poco importa que sean brillantes, carismáticas y valientes, cuando dicen algo listo es tomado como un mínimo instante de suerte o cuando se enfrentan a una jauría de matones, deben lucir sexys pateándoles los huevos. Todo esto pensado para complacer al público masculino.

Segundo, a pesar de que la película es protagonizada por mujeres y que estas interactúan entre sí, sus conversaciones giran siempre sobre lo mismo: salvarle las pelotas a Charlie o los novios de las ángeles, que incluso la personaje interpretada por Drew Barrymore, que resulta la más rebelde del grupo, vive con la sombra de su pasado, un ex de mierda que en la película 2 la persigue por meterlo a la cárcel. Como si fuera un mensaje oscuro de que los hombres se vengarán de nosotras tarde o temprano y vivás con ese miedo. Entonces, la evolución que podría suponer cada personaje se queda corta, mínima. Las ángeles vuelven con sus novios, o se casan, pero siguen cuidando a Charlie. Reproduciendo ahí, mitos del amor romántico: un hombre es la solución, el cuidado de los otros por encima de nosotras, el miedo a renunciar a un estilo de vida muy comprometido si eso pone en riesgo la vida marital, límites al fin. Es claro que la película no habla de liberación femenina. Otro producto cultural donde erotizarte significa “existir”.

¿Y qué ondas con el tipo raro que arranca pelo y se lo restriega en la cara? El matón que las chicas llaman “sombrío” es el misógino común, el que no conoce ningún tipo de escrúpulo a la hora de matar mujeres. Además de ser un mal cliché del tipo raro que te puede matar si no andás lista. Otro personaje que vive en nuestro inconsciente: el depredador. Pues a lo largo de la película, son incontables los enemigos que persiguen a las ángeles, y no es un mensaje de alerta, la intención es alimentarnos el miedo porque no expone la muerte en sí misma, sino la facilidad con que una mujer puede morir bajo el capricho de un hombre: vean lo ridículo de esas escenas donde una turba de hombres se relamen de gusto ante la que piensan será una paliza a una mujer.

Las ángeles de Charlie son otro concepto patriarcal donde el placer focalizado es el masculino. Similar a lo que vemos en las personajes de cómics que reúnen erotismo y poderes acordes a su clase. Malas o buenas siempre deben verse apetecibles. De todo esto me doy cuenta ahora que puedo juzgar los productos culturales que he consumido y que difícilmente saldrán de la cultura pop en la que crecimos, agringándonos y viendo heroínas donde no las hay. Y al decir esto, también expongo que mis heroínas de caricaturas no son exactamente empoderadas porque han sido diseñadas para mover hormonas machistas, siempre listas para salvar al mundo en minifalda. ¿Casualidad?



Remate: ¿Puedo seguir disfrutando cine que no cumpla el test de bechdel? ¿Qué tan rigurosa hay que ser? Digo que la rigurosidad o los límites se los ponga cada quien. Ni la pureza ultra ideológica es sana ni el acomodamiento acrítico tampoco. Cuando me topé el fin de semana con la película 1 de las ángeles de Charlie, la vi y fue inevitable sentarme a escribir esto. Ya no soy una puberta que se busca en ídolos de ficción. Las mujeres que están cambiando al mundo están en la vida real, investigando, releyendo, reivindicando, denunciando. Personalmente, este tipo de cine ya no puede producirme asombro o admiración, sólo pequeños espacios de relectura del discurso machista y patriacal que ahora son urgentes porque dejar atrás el adoctrinamiento con el que fuimos tejidas no es fácil. Y sí, tuve que reconocer que las ángeles de Charlie son hijas del patriarcado.


PD: Drew Barrymore, amo tu trabajo actoral. Además fuiste chera de Courtney Love en la mera época grunge. Me caés bien a pesar de tus películas.

domingo, 21 de mayo de 2017

Cuidado con quién chateas. No todas somos una Hard Candy



La genial película protagonizada por Ellen Page parece ser de esas que presagiaron lo inseguro que internet se volvería para las usuarias. Las formas de agresión son variadas, desde acoso virtual, difamación, falsas promesas de empleo que terminan siendo redes de trata, prostitución o pornografía, divulgación de material íntimo sin consentimiento de la mujer y en peores casos, conexiones con extraños, aparentemente inofensivas, que pueden traer consecuencias fatales para las adolescentes y jóvenes, presas favoritas para los depredadores virtuales.

Todas conocemos al menos una de las tantas formas de agresión por internet. La más usual es el acoso, y no por ser la más recurrente es la menos complicada. Se conocen de casos donde la mujer acosada se han visto con el temor de habitar su propia casa porque quien las acecha conoce su rutina diaria y en peores situaciones, logra entrar en la vivienda ya sea para robar prendas de las víctima o para violarla o matarla por ser rechazado. Ninguna mujer que viva esto puede decirse ajena de las crueldades del machismo, la misoginia y la violencia contra las mujeres que muchos niegan. Existen y la mayoría de casos esperamos hasta las últimas consecuencias para aceptar que el sistema está podrido.

Hard Candy (2008) Es una oscura mirada de lo que internet puede traer a las jóvenes si no están atentas o sumamente seguras de con quién están mensajeando en incluso compartiendo material sexual. Los nudes parecen estar de moda ahora que aparentemente se goza de libertad para hablar de sexo en las redes sociales.

Los que parecen no entender el asunto son quienes comparten este tipo de materiales violando la privacidad y la confianza de la otra persona, pero la crítica común recae siempre en quien los envió, generalmente mujeres, siendo esta la culpable de su propia desgracia pues como siempre la sociedad patriarcal exonerará de toda culpa al hombre, quien sí tiene derecho de exhibir su vida sexual en redes. Y seguiremos reproduciendo este patrón con comentarios tan sexistas y mierdas, sobre el cuerpo femenino objetualizado en ese momento. Porque ya que el video está por ahí, pues por qué no echarle una miradita. Ahhh, mis borregitos. Tan hijos del patriarcado.

¿Qué tiene que ver Hard Candy con todo esto? Pues que a diferencia de la ficción, difícilmente tomaremos una venganza tan fríamente calculada como la de Halley en la trama. La chica estudió al tipo que quería violarla y posteriormente matarla. Investigó a sus víctimas, se creó una imagen de chica buena e inocentona para que el violador no sospechase nada y la llevara a la casa que sería su propio infierno. En la vida real las cosas no ocurren así. Quizá haya alguna de nosotras que sepa defensa personal y tenga un tremendo valor pero veo difícil que dedique noches enteras a rastrear a un violador y asesino en serie de mujeres y se contacte con él para matarlo. La ficción supera nuestros medios reales. Claro que nos encantaría librar al mundo de un par de tipos mierda porque nuestros sistemas judiciales son igual de mierda que ellos pero tenemos el suficiente seso para saber que capaz no enjuician peor que al violador mismo por matarlo. Y ahí sacan a los derechos humanos y todos los sentimientos altruistas que se les ocurran.

Lo más sensato que podemos hacer es prestar atención de con qué clase de lacra nos estamos contactando ingenuamente. Porque no es malo usar las redes para conocer gente, pero hay que cerciorarse de que, primero existe, que haya gente que garantice que ese del perfil es real y segundo, que si existe, no sea sólo fachada de capellán. Peor si lo ven comulgando en misa y en redes es todo un pervertido. Hay de todo. Y en eso, creo que varias nos hemos llevado tamañas sorpresas con tipos que muy finos, muy intelectuales, muy padrinazos, pero que por dentro son la lacra de acosadores, pérfidos abusivos con fetiches extraños, que de primas a primera te exigen fotos de lo que se les ocurra. Porque los hay con extravagancias. O los que con excusas de vidas tristes y oscuras buscan apoyo moral -y sexual- en tus manos -y vagina- porque segurito vos les llegaste caída del cielo. Repito hay de todo en el sendero del señor.


Como caso personal y de lo último que adjunto por ahora, porque tengo varias anécdotas por ahí, pero mejor para otro día, es la anécdota de un chamaco que me escribió supuestamente con intereses literarios. Estos seres han practicado tan bien su papel que hay aguzar bien la voz mental y no desoír cuando esta te diga “cuidado”. Pues en él, algo de entrada, me dijo, peligro. Procuré ser amable, porque me pidió sitios donde leerme y le pasé lo necesario. A los días me pedía fotos de partes extrañas del cuerpo. Me hacía la desentendida y no hablábamos por semanas. Cuando quiso volverse mi amigo me hablaba de su maltrecha vida sentimental como para enternecerme. No podía decirle mucho, porque en cuestión de consejos sobre esos temas soy bien simplona. Seguía mi sospecha y un día un amigo que lo vio como contacto en común, me escribió preguntándome si lo conocía. Resulta que una de sus amigas había tenido una relación sentimental con él, con graves consecuencias incluso para su salud emocional. La imagen de oveja castigada por la vida se derrumbó. Le agradecí a mi contacto y decidí eliminar al tipo. 

Me dije una vez más que no debo dudar de mis instintos y se los aconsejo a ustedes, evalúen a qué personas les están dedicando su tiempo porque no estamos exentas de toparnos con una piraña. Valoren las intenciones de los tipos que les escriben. Ustedes no tienen que demostrarle nada a nadie. Como dice Rebeca Lane “este cuerpo es mío” y nadie puede obligarlas a nada ni a violar su privacidad.

viernes, 14 de abril de 2017

ME CANSÉ DE SER LA SEGUNDA: SIEMPRE ESCOGÍAN AL HOMBRE



Me cansé de ser la segunda y un día me animé a escribirlo. Pero no la amante o la novia a escondidas, sino la segunda elección en las diferentes situaciones sociales: trabajo, estudio, literatura.

Cuando noté que parte de mi vida se basaba en ser elegida después de que la opción masculina era descartada tuve un profundo choque de emociones. Entre enojo, con quienes –quizá inocentemente- basaban su elección en el género y no en la capacidad, y tristeza, porque sabía que estas personas no caerían en cuenta jamás, que han absorbido perfectamente el sistema patriarcal, donde una mujer necesita referentes.

Y me pasaba seguido. Mi trabajo y mi talento debían ser pesados por una segunda y hasta tercera opinión, mayormente masculina, donde se me valoraba. La sospecha hacía mí, venían por mi género y sobre  todo por mi edad. Una  sospecha fundada en etiquetas, en generalidades y hasta clichés, porque en un país con mentalidad retrógrada, una mujer no puede saber o enseñar con la misma soltura o seguridad que un hombre de la misma edad. Y entendía que de niñas se nos enseña al ocultamiento, a la otredad, a asumir en silencio nuestro papel secundario. Y tenía que ser así, la eterna segunda opción.

Y un día me cansé, y aquí estoy escribiendo, sin ningún tipo de nostalgias o romanticismo, que es una verdadera mierda tener que estar probando constantemente que te mereces tus logros, no por bonita, ni por princesa, porque esas basuras mediáticas solo nos quieren con una sonrisa de «aquí no pasa nada» y «está perfecto que el hombre sea valorado antes que yo», que no necesite referentes para saber que él puede ser muy bueno en lo que hace. El tema de los referentes fue uno de los que me alertó que algo apestaba y no era solo invención mía. Varias ocasiones me vi en situaciones donde necesita que un hombre dijera que sí, que soy una buena opción y que además, valía la pena darme la oportunidad de demostrarlo. ¿La oportunidad? Sí, nos dan una oportunidad en un mundo donde tus genitales y tu edad son clave para saber de qué estás hecha. Las reglas generales no mienten: no se puede ser lúcida, joven y talentosa al mismo tiempo, eso, si hacemos de lado que también se nos evalúa físicamente: guapa y no muy guapa.

Cuando al hombre no se le evalúa con los mismos criterios y desde ya tiene la posibilidad de ser elegido, ya no sabés a qué atenerte. Entonces las mujeres tenemos que hacer malabares como diosas hindús ah, y claro, sin renegar; porque la que se enoja se ve fea. Lo notaba en el trabajo:  de las compañeras a quienes se les atribuía mal humor o demasiada disciplina, casi nunca o nunca se decía que eran buenas en su área, pero eran jóvenes y necesitaron hacerse una máscara de mal humor, porque entonces no se las tomarían en serio. De mí siempre decían que soy demasiado seria o que no permito que se acerquen mucho, que no me relaciono con facilidad. ¿Y si fuera lo contrario? Dirían de mí que soy una loquita que a cualquiera le habla.

El paternalismo y el constante «te explico el mundo desde mis ojos y mi sabiduría masculina» porque en serio, somos unas niñitas sin idea de qué trata el mundo, está en cada situación de la vida, es posible que hasta nuestras parejas tengan a flor de piel ese broder-buena onda-marxista-paternalista y no nos hayamos dado cuenta. Alerta, mujeres, que ya es bastante que a diario nos pongan en una balanza y sean los hombres los que tengan la última palabra.

De cuando me tocó ser escogida por una mujer y ésta valoró primero al «contrincante» masculino sí me bajoneaba. Me liquidaba los ánimos: El patriarcado nos había ganado en nuestra cara y se iba contento con el botín más grande: nuestra conciencia de género. Me cansé y decidí que escribiéndolo podía liberarme de ese pesar y vivir más alerta de la situación. Me toca trabajar el doble, como siempre, para «probar» que merezco mis logros y lo que peldaño a peldaño me ha tocado construir. Nos toca cuidar el paso, los gestos, porque hasta la vida privada es motivo de juzgamiento y crítica. ¿Qué me seguirán escogiendo después de los hombres o que a mis espaldas consultarán a otros hombres sobre mi talento? No lo sé, quizá sí, pero estoy decidida a darles una lección: soy más que vagina y 25 años.


viernes, 17 de febrero de 2017

We are the best!, una película sobre amistad femenina y punk.




La vi hace unas semanas y no pude sacarla de mi cabeza, decidí escribir sobre ella porque es otra opción interesante para ver cine con enfoque de género. Aparte de sentirme completamente identificada, me pareció fabulosa porque tiene un lado emotivo y concienzudo que se adapta al cine que deberíamos empezar a buscar y compartir. Recordemos que la deconstrucción también abarca comenzar a cuestionar el tipo de materiales que consumimos y no dejar de hacerlo. Desde luego, siempre estamos aprendiendo y llegar a ser lo más reflexivas posible es el desafío.

We are the best! (2013) Es una película que pasa el famoso de Test de Bechdel (que sugiere al menos dos personajes femeninos, que exploren sus propios intereses y que su historia no se centre en los hombres) adaptada del libro “Aldrig godnatt” de la escritora sueca, Coco Moodyssone. Situada en Estocolmo en los años 80’s, cuenta la historia de 3 adolescentes: Boo boo, Klara y Hedvig. Boo boo y Klara son mejores amigas y aficionadas a la música punk. Se sienten ajenas a sus familias y al rol femenino de la pasividad. Entre algunos temas de la película se destaca la búsqueda de sí mismas y el machismo dentro de la escena punk.

La trama va más o menos así: En el centro comunitario al que asisten luego de la escuela, un grupo de chicos con una banda de heavy metal, se burlan de su apariencia andrógina y despreocupada. Klara con el mohicano y Boo boo con corte estilo peter pan. Para fastidiarles el ensayo, solicitan a los administradores del centro comunitario, el espacio para ensayar como banda. Ninguna tiene conocimientos musicales pero consiguen el espacio y se aventuran a tocar con la esperanza de inscribirse en el show de talentos de la escuela. Las inscripciones se han cerrado y asisten como meras espectadoras. En el show, una chica de octavo grado llamada Hedvig, hace una presentación de guitarra acústica pero a las chicas les sorprende su serenidad e indiferencia ante las burlas y abucheos del público. Boo boo propone unirla a la banda y Klara al inicio cree que será mala idea por las creencias religiosas de Hedvig. Las chicas tienen una postura agresiva hacia la religión, puesto que parte de la ideología punk es rechazar los dogmas religiosos y la fe. A pesar de ello, se acercan a Hedvig, quien no tiene amigos en la escuela, y ve en las chicas la oportunidad de hacer amigas. La invitan a formar parte de la banda que han iniciado y comienzan a ensayar para continuar con el plan de quitarles el espacio del centro comunitario a los chicos que se burlan de ellas. Lo que comienza siendo una venganza se transforma en una amistad cuya bandera es la música punk y su rebeldía inherente.

A lo largo de la trama, vemos las nociones sobre política y música de las chicas, que a sus cortos 13 años hablan sobre las diferencias sociales y la incidencia de la música en la sociedad. Las canciones transgresoras de sus bandas favoritas que lanzan críticas ácidas sobre el gobierno y la religión, permiten que Hedvig se libere paulatinamente de sus propios esquemas. Bajo una interpretación feminista, es una tremenda crítica sobre cómo la religión mantiene dóciles y obedientes a las mujeres y cómo estas se descubren y se atreven a ganar confianza en quienes son y en lo que hacen, una vez disueltos los dogmas.



El enamoramiento juvenil aparece en la película como herramienta para hacer que nos identifiquemos todavía más: la vida de las mujeres en relación con los otros: validación de los hombres para “encontrarnos bellas” y hacernos SUS novias. Encontramos este tema en la breve escena donde las chicas conocen a una banda masculina de punk, y el vocalista (un niño de su edad) se interesa por Klara, y Boo boo experimenta celos. Se llega a sentir fea y cree que ningún hombre la aceptará por no ser atractiva ¡a pesar de serlo! esta, justo esta etapa la hemos cruzado todas. Nos ha dolido no encajar en el perfil de la mujer guapa y perfecta que el sistema quiere y no sabemos cómo serlo. Nos ha costado tanto quitarnos esa culpa que una vez hecha de lado y reivindicado nuestro cuerpo como territorio político, nacemos de nuevo. Nada más transgresor que amarnos tal cual. Proceso que Boo boo encarna y que gracias a Klara, no se siente sola. Lo hermoso de esta escena es que las chicas logran superar su disgusto por un chico y ponen su amistad por encima de todo.

El tema del machismo en el mundo underground, lo vemos en la escena donde los encargados del centro comunitario adquieren una guitarra eléctrica y las chicas pueden completar los instrumentos para la banda. Lo transgresor se da cuando uno de los encargados pretende enseñar a Hedvig a tocar la guitarra cuando ésta es una artista de las cuerdas, ella, con toda seguridad afina la guitarra y los sorprende interpretando una canción de una de las bandas favoritas de las chicas. Mansplainning por donde se le vea, del que Hedvig sale muy bien librada. El machismo también lo encontramos en la invitación para un evento de año nuevo llamado “Santa Rock” en el que participan los jóvenes del centro comunitario, donde la banda de los chicos que se burlan de ellas (llamada Puño de metal) es la favorita de los encargados y las chicas son invitadas pero con condescendencia. Claro, es una “banda de chicas”, nada más. Y deben cubrir la agenda.

En escena, las chicas son abucheadas desde el comienzo por lo que Klara con su natural sarcasmo cambia la letra insultando la ciudad donde están tocando. El público enloquece en euforia patriótica y las chicas son sacadas del escenario. Esta acción hace que se ganen el respeto de los chicos de Puño de metal, que a pesar de ser hombres, no encararon al público ante su agresividad. Es cierto que la banda de Klara, Boo boo y Hedvig no es increíble, pero las une la amistad, el género y las ganas de romperle la boca al mundo. Una maravillosa película para ser vista por adolescentes, ya que nos muestra las etapas que vivimos como mujeres en un mundo pensado para hombres, y el rock no es la excepción. Personalmente, evoco a Patti Smith que fue pionera en la escena punk, amiga de grandes exponentes de este mundo y quien dotó a la escena de letras con contenido poético gracias a su amor por la literatura.

Ojalá puedan ver esta película y emocionarse como yo. Una mañana, antes de mis clases, escuché el cover que interpreta Hedvig y me sirvió para recargar pilas un lunes de rutina. Larga vida a Patti Smith y a todas las mujeres de la escena underground que han demostrado que el rock no es cuestión de hombres, sino de talento, actitud y empoderamiento. 


martes, 10 de enero de 2017

A PROPÓSITO DEL NATALICIO DE SIMONE DE BEAUVOIR.



El 8 de enero de 1908 nació la que para muchas de nosotras significa un total ejemplo de valentía y transgresión. Simone de Beauvoir, fue hija de un matrimonio burgués, religioso por parte de la madre y con inclinación a la formación de académica por parte del padre. Iniciando desde esa esquemática distribución de roles en sus propios padres, Beauvoir creció, como sigue sucediendo en el caso de muchas de nosotras, con la figura de una madre cuya devoción religiosa cala gran parte de la vida, (y algunas de nosotras, con suerte, logramos salir de dicha abadía mental) Y la idea de que con una dote económica considerable y un marido medianamente decente completás tu vida, luego los hijos, una casa y lograste la plenitud. Beauvoir se dio cuenta que había que cuestionar ese orden especifico de pasos en la vida de las mujeres.

El nacimiento de Beauvoir me lleva a pensar lo necesario, no solo, de volver a sus múltiples obras, entre ellas el segundo sexo (1949) que sigue siendo un texto cumbre en muchos sentidos, para la avanzada feminista o a memorias de una joven formal (1958) o cualquiera de sus anecdóticas novelas, sino, a pensar desde nuestros contextos y posibilidades en qué estamos logrando a partir de lo que pensadoras como Beauvoir dilucidaron hace ya bastante. Hace unos días en El Salvador, fuimos testigos de una noticia que se viralizó en los Medios, sobre la captura y posterior “enjuiciamiento” de 4 acusados de remuneración de actos sexuales ilícitos con menores de edad, entre ellos un patán presentador de televisión (todos los salvadoreños sabemos que no es precisamente un programa que alimente de alguna manera el espíritu) noticia, que también deja entrever el nivel de gravedad de la trata y abuso sexual infantil en el país.

Pervive la impunidad, la ligereza con que se toman estos casos y no faltan los comentarios terriblemente misóginos que defienden la ¿integridad moral? de los criminales, los agresores, los perpetradores, que con el poder económico que da pagar por un servicio sexual no pasa nada sin son menores de edad, vírgenes o “experimentadas”. Los comentarios en toda clase de Medios rayan hasta lo lamentable. El vergonzoso nivel de machismo y misoginia arraigados en la psique salvadoreña. Claro, las putas son ellas, las niñas, que en palabras del usuario promedio de Facebook, “no tienen miedo de nada, y que sería bueno que las encarcelaran al menos un año para que ahí sí lo tengan antes meterse con hombres” siempre, siempre, la puta será la víctima.

y de este modo se va discutiendo superfluamente el tema en el seno de las familias salvadoreñas que cuenten con servicio de cable o internet. Lo que no se dice, es que a las mujeres no se nos educa desde niñas sobre sexualidad, maternidad precoz, métodos anticonceptivos, salud emocional, elección de pareja, familia, masturbación, etc. Se nos domestica con base a miedo, a un falso respeto: miedo a dios, miedo al padre, miedo al profesor, miedo a los novios. La idea del depredador sexual que habita nuestra mente se llega a fortalecer de tal manera que creemos que en efecto, el miedo a la figura varonil es la mejor forma de amor. Todo lo varonil es genuinamente malo y debés morir de miedo bajo tu cama. Si rompés ese cómodo hueco en la cabeza, te topás con toda suerte de desgracias: abuso sexual, violencia psicológica, patrimonial, embarazos no deseados, divulgación de contenido sexual explícito, abandono, estancamiento profesional, dependencia, revictimización, y todo esto, hasta las últimas consecuencias, pero es que claro, la puta, la que decidió salirse de ese cómodo sitio del que se le advirtió que no salieras, fuiste vos. Por consiguiente, si te violan, agreden o maltratan es cosa tuya.

A propósito de El segundo sexo (1949)


Tras 68 años de haberse publicado es útil hacerse estas preguntas, desde la lejana Francia existencialista hasta un pequeño país centroamericano: ¿qué nos puede ofrecer? ¿de qué manera las reflexiones de Simone de Beauvoir arrojan luces sobre los crímenes perpetrados contra las mujeres en El Salvador? ¿o sobre las condiciones de equidad por las que aún se siguen trabajando? Sin duda las relecturas y contextualizaciones son necesarias. Volver a los pasos de las pensadoras, pero también, enmarcarse en el mundo exterior. No olvidemos que el feminismo es mayormente útil cuando se logra hacer cotidiano. La vida de una activista se aleja de ser una vida glamorosa, de las vidas falsamente estupendas donde “no pasa nada. Es solo histeria momentánea” El activismo es un compromiso adquirido y ello implica seguir informándose y leyendo las realidades, acciones que fueron parte del compromiso político de Simone y que lograron empujar el proyecto de liberación que había concebido y nos ha legado.  Ella también se topó con toda clase de retrógradas que la pusieron bajo una lupa de sospecha. Señal de que el machismo traspasa épocas y culturas y sigue peleando por su espacio en las sociedades.

Son necesarios los coloquios sobre ésta obra que sirvió de ensamble entre una generación sufragista y una generación cuyas luchas alcanzan nuestros días, esta nueva generación de feministas que, con todos sus abanicos de posturas, avanza. Seguir siendo un segundo sexo en relación al protagónico masculino según la amnesia académica, es también una señal de estar alertas. Ya Beauvoir lo advirtió y lo han comprobado el transcurso de los años: Una insistencia en mantener a las mujeres atadas a la biológica tarea de la maternidad y dedicarse enteras a ello. Bien por las compañeras que han logrado equilibrar su faceta de madre y profesional, pero aún son miles de mujeres que tras el sueño de la casa de muñecas su vida corre ante sus ojos y en el peor de los casos, mueren sin haberse conocido a sí mismas, sin más que el concepto en relación a otros: cuidadora, madre, esposa.

A propósito del natalicio de Simone de Beauvoir.

Las feministas reafirmamos que hace falta mucho por hacer. Iniciemos el año con la mejor de las disposiciones, de cara a los desafíos de este 2017. 
                                                          
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Hemos venido a adorar.

Hemos venido a adorar el patrono del pueblo.
Hemos venido a ofrecer nuestras lágrimas perfumadas
Hemos venido a decir que nos aburren los vestidos de encaje
Hemos venido a decirle, nos dé permiso de asomarnos a la puerta del jardín.
Asomarnos apenas, a oler la flor de pólvora. Quizá no nos mate.
Hemos venido a decirle, nos dé permiso de bañarnos desnudas
Procuraremos no hacer ruido
No queremos que se despierte de su dulce sueño.

Hemos venido a cantar que la mujer es un hueso que resucita.
Inútil es roer su calcio. Mala es nuestra paciencia.

Hemos venido a contemplar la cabeza cortada del patrón de los permisos.
Procuraremos llorarle mucho.
Reír despacio.
Andar descalzas sobre su sangre.
Regar flores sobre sus orines.
Hemos venido a decirle al patrono,
Suya es la culpa por dejarnos asomar a la puerta del jardín.
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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Aprender es violento.

Esa frase la oí de un desconocido y hasta hoy no dejaba de hacerme eco. Por lo que traté de ubicarla en todos los contextos posibles; recuerdo, que hablaba sobre las marchas de mujeres que han ocurrido en varios puntos de Latinoamérica estos últimos meses. Hoy, por ejemplo, las mujeres mexicanas salieron pintadas como la catrina para simbolizar la muerte y exponer al ojo público la ola de feminicidios, que en muchos países (y el nuestro incluido) se dan a plena luz del día. Es decir, un hombre hablaba de violencia contra la mujer y reconocía el impacto de tales marchas en el imaginario colectivo. Hasta ese momento, el asunto iba de lo más espectacular, me provocó eso que sentís cuando ves un hombre que empatiza -o al menos dice hacerlo- con las acciones feministas. Algo así como una leve esperanza hacia aquellos que por lo general se enojan cuando una mujer dice FE-MI-NIS-MO. Porque, todavía pervive el mito de que la feminista quiere castrar a diestra y siniestra. Unas malvadillas para tan núbiles criaturas.

Sacando la frase del contexto en que pretendía ser usada, y viéndola desde la intencionalidad o la pura morbo semántica, la frase resulta perversa, porque sugiere que los sujetos deben encontrar en la violencia una forma de hallar respuestas o conocimiento. Reconocer que la violencia es parte de nuestra animalidad y usarla como herramienta epistemológica, si se quiere. Repito, en realidad no sé si la frase inserta en dicha conversación ajena, fuera una forma inocente de decir que la violencia “nos hace humanos” o una invitación a pensar en que, como forma de entender al otro, recapacitáramos en las libertadades que tomamos cuando decidimos agredir, humillar, subestimar, violar, matar a otros y OTRAS.

Me saltaron a la cabeza, todas esas frases que la comunidad ha utilizado para juzgar cuando alguien ha resultado afectado: aprendemos por la mala, aprendemos a golpes, es que solo así entendemos, es que así nos gusta entender las cosas. Es decir, es necesario que nos pase de lo peor para entender cómo funciona el mundo. Todo esto aplicado a las mujeres, se traduciría a esas frases tan frívolas: es que sólo así dejabas de salir sola a la calle, es que sólo así dejas de vestirte provocadora, es que sólo así dejas de hablar sobre eso, es que sólo así podías dejar a ese hombre. Claro, en cuestiones de jueces, todo mundo pide turno para hacerla de balanza.

Tanto se ha discutido en materia de Educación que se necesita romper esos paradigmas de que la escuela es una jaula y el educador un ogro con mazo en mano. Tanto nos han naturalizado la idea de que la violencia es propia de lo que somos, es cierto, es cotidiana, está a la orden del día, en sitios donde no se espera, como la escuela o la casa, es que "la gente tiene conflictos" pero no decimos que el conflicto trae más conflicto, porque de círculos viciosos está compuesta la sociedad. Y las teorías educativas quieren mentes libres, sujetos capaces de convivir, de aprender pacíficamente, ahora, cuando la humanidad ha tocado el culmen de la violencia y el dolor. 


Por eso me niego a aceptar que el aprendizaje debe ser violento. Que las respuestas se hallan en la desgracia de otros, de sacrificar una parte de la población para satisfacción de unos pocos, para seguir madurando mentiras, para que los discursos sean repetidos como oraciones incuestionables. Me niego a justificar la violencia como parte de nuestra animalidad, porque es como decir, que es lo que somos y que hay vivir con ello ¿para qué hablar entonces de derechos humanos y civilización si somos animales? Como que no termina de cuadrar la idea. Esta época que vivimos es particularmente pública, porque nuestras vidas están disponibles en las redes y el internet, pero nos está costando muchísimo establecer comunicación, porque parece que en internet todo sucede y todo está para ser aprobado, pero resulta sorprendente que temas como la violencia contra la mujer y feminismo, causen irritabilidad en estos espacios. Nos falta entender que el asunto es de carácter humano, más allá de purezas ideológicas o fundamentalismos. La violencia contra la mujer no se justifica, no se le busca miradas acogedoras. Se llama a las cosas por su nombre, porque esa una forma de darle existencia a un determinado objeto o fenómeno y en el caso de las mujeres se llama feminicidio. Si aprender debe ser violento que se cierren las escuelas y que todos seamos francotiradores.